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La Coctelera

8 Noviembre 2009

 

"¡Lo único que sé de mí es que sufro...!", dice el alma desconsolada. Duns Scoto evocaba la desolación humana en aquel "la persona es la última soledad" que quiere ser escuchada, que solicita respuesta. Como decía Juan Bautista Torelló (Psicología y vida espiritual), necesita consoladores, no simple consuelo. Es decir, no solo requiere "solatio" (solaz, alivio, pensar cosas bonitas) sino "consolatio" (alivio-comunión, alguien que le abrace), como dice el Salmo 63: "el dolor me rompe el corazón, estoy desesperado. Busco un consolador y no lo hallo", por eso quien sufre sumido en la tristeza no busca sermones ni palabras, sino que necesita la compañía y abnegación del amigo, la dimensión femenina de llorar juntos: "bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados" (Mt 5,5), y el que no tiene quien esté a su lado dirá aquello de "he llorado mucho por la noche, porque mi consolador está lejos de mí" (Jer 1,16).

No todos los amigos saben consolar bien, como con los de Job: "sois todos unos consoladores pelmazos" (Job 16,2). Recuerdo un sacerdote muy bueno agonizando, contento de estar acompañado, y yo veía a unos parientes que le hablaban deseosos de preguntarle: "¿estás bien?, ¿cómo te encuentras?, ¿deseas algo?" y al final el moribundo dijo: "sí, ¡que os calléis!" Quería compañía, pero que no le agobiaran, morir tranquilo... él tenía el consuelo de Dios: "Yo, yo mismo os consolaré. Transformaré vuestra tristeza en alegría... El Señor dice: Os llevaré en brazos y jugaréis sobre mis rodillas. Como una madre consuela a sus hijos, así os consolaré yo" (Is 65,11-13). Es difícil esta simpatía, que no consiste en dar al otro lo que le gusta sino lo que le conviene, no es sensiblería sino contacto y distancia a la vez, com-padecer tiene esa comunión evangélica de "si un miembro sufre, todos sufren; si un miembro se alegra, todos se alegran con él" (1 Cor 12,26) y ahondando en ello sigue san Pablo: "Cristo es quien nos consuela en toda tribulación... sabedores de que, así como participáisteis en nuestros padecimientos, así también participaréis en los consuelos" (2 Cor 1,3-7). Comenta Torelló: "Cristo conforta pues, no sólo porque por ser verdadero Dios conoce al yo individual que sufre en su soledad, ni porque Él haya dado respuesta a la pregunta sobre el sentido del dolor, sino porque Él mismo es la respuesta a todos los interrogantes del hombre. Cristo no ha resuelto el misterio, sino que lo ha hecho precisamente más profundo y mayor: Mysterium Crucis." La gran paradoja que decía Juan Pablo II, más allá de toda razón según san Pablo, que resplandece en la noche pascual, pues Cristo venció a la muerte, pero sigue de algún modo sufriendo en cada sufriente, Jesús está queriendo consolar a cada persona que sufre, sufrir con ella. Y esto no se queda en palabras, como descubrió aquella persona: "Hoy comprendo lo que es amar la cruz: acabo de ver a Cristo clavado en mi cruz, ahora cuando sufro, sufro abrazada a Él!" 

Y nosotros hemos de llevar el consuelo que necesita quien pasa por momentos de dolor. No hay técnicas generales, pues nada peor que "despachar" a esas personas con estereotipos, frases hechas, como si fueran niños o idiotas... "se necesita decisión y presencia de ánimo, no para ‘exigir' sino para despertar posibilidades adormecidas, fuerzas amodorradas, libertades y esperanzas inhibidas..."

La manera mejor de salir de la espiral del dolor, cuando no se puede curar, es trascenderlo: cuando se sufre por una persona, cuando se pasa de aguantar a aceptar, cuando se pasa al ofrecimiento, a la vida como donación y sacrificio, y entonces ya no es algo impuesto el dolor sino libre, como Jesús que da la vida (la penitencia por ejemplo es expiación querida, a diferencia del castigo que es expiación impuesta).

La esencia del sacrificio no es el dolor, sino el amor, no somos masoquistas... así "Cristo nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos consolar a otros en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios" (2 Cor 1,4).

Padre Llucià Pou Sabaté 

24 Julio 2009

¿Por qué el sacerdote no puede optar por el matrimonio en su vocación?

    Me propongo decir 3 cosas debido a la polémica que surgió en
estos días en algunos ambientes: 1) que el sacerdote ya está casado,
2) conveniencia de este “matrimonio”, y 3) actitud ante otros
enamoramientos.
    1) Cuando se conoce que un obispo o sacerdote tiene relaciones
conyugales, dimite de sus encargos. Esto viene de antiguo, pero cuando
hay crisis de fe cuesta perseverar: donde muere la fe, muere también
la continencia. Opiniones de moda mantienen que una persona no puede
ser madura ni realizarse si no es sexualmente activa: eso resulta poco
tolerante, y basta ver la proliferación de desamor que hay entre
parejas e hijos. La realización personal es un tema complejo, unido a
la felicidad, que no depende de la búsqueda del placer sino de tener
un corazón enamorado, saber lo que se quiere (tener un ideal) y
fortaleza para perseverar a pesar de las dificultades.

    2) Toda persona  puede decidir ser célibe; de entre éstos, la
Iglesia latina escoge sus sacerdotes. Como Jesús esposo de la Iglesia,
el sacerdote se debe a todos, no a la atención diaria de una única
mujer, de unos hijos en exclusividad. Cristo instituye en su persona
un sacerdocio nuevo y algunos le siguen para estar con Él y asimilar
su vida, pero esto no todos lo pueden entender, y así como la unión
conyugal obliga a cada uno de los cónyuges a amar al otro en forma
exclusiva y excluyente, como Cristo a la Iglesia, así se compromete
también el sacerdote. El sacerdocio no es una profesión sino un estado
de vida. Un sacerdote ya está casado y no puede entregarse a una
mujer, pues tiene un solo corazón y un solo cuerpo, necesita el
corazón libre para amar a todos como Jesús ama a la Iglesia, con
disponibilidad, generosidad en el amor, amplitud y trascendencia; me
decía uno que Jesús no hubiera podido sacrificarse en la cruz por amor
a nosotros si dejaba esposa y un par de hijos. ¿Nos imaginamos a Jesús
casado? El sacerdote ha de estar para todos al igual que Él, también
podrá decir: mi familia son ellos.

    3) Esto tiene muchos gozos pero efectivamente conlleva una cierta
soledad, ser pájaro solitario puede resultar difícil, ahí está la
libertad, alguno puede volver y hacer su nido y rehacer su vida, no
hemos de juzgar a nadie, es volar de otro modo. En resumen, todos en
la Iglesia, sacerdotes y laicos, han de buscar la santidad en su
estado, pero sin ser sentimentales, hay que reposar los afectos para
encontrar el fondo del corazón: el hombre cauto medita sus pasos en la
oración. Casado o sacerdote, tendrá que cuidar su corazón.

    Llucià  Pou Sabaté

7 Mayo 2009

Vivimos en un mundo de exigencias y prisas, entre miedos y estrés, con
falta de interioridad y tiempo para disfrutar ese momento presente, y
contemplar con paz el don del “aquí y ahora”. A veces nos quedamos
como apenados por una ocasión perdida, tenemos la tentación de mirar
atrás con la pena de no haberlo sabido hacer mejor. Acabo de leer
Llamados a la vida, de Jacques Philippe, donde habla de que el mayor
don que tenemos es precisamente la vida. La llamada a vivir es
justamente la primera que recibimos de Dios, si bien esta llamada es
continua. Podríamos decir que nuestra vida no tiene un único plan que,
perdido, hace que nada valga la pena, sino que siempre hay un "plan
B": la vida no es un tren que se puede perder, siempre pasa un tren a
los 5 minutos, aunque a veces siga un plan de viaje distinto, pero
sirve igualmente. Es una pena ver cómo alguno se siente engañado, con
un sentimiento de impotencia, como si hubiera tenido que dar cierta
“talla” para una competición, y ya no hubiera nada que hacer. Pues la
idea es equivocada por partida doble: ni la santidad depende de marcar
un record con nuestros esfuerzos, ni la falta de éxito nos convierte
en derrotados, lo que nos llevaría al desánimo y a la tristeza, que
son fuente de todos los vicios: "sin llamada, el hombre quedaría
encerrado en su pecado... Por orgullo, el hombre se niega a recibir
la vida y la felicidad de manos del Padre en medio de una dependencia
confiada y amorosa. Pretende ser su propia fuente de vida y, a veces,
su propia satisfacción. Como consecuencia surgen numerosas sospechas,
temores e inquietudes, así como una exacerbación de la concupiscencia.
Al no esperar ya de Dios la felicidad a la que aspira, y queriendo
obtenerla por sí mismo, el hombre pecador tiende a apropiarse
ávidamente de todo un conjunto de bienes que considera capaces de
colmarle: la riqueza, el placer, el reconocimiento, etc."
Lo dijo bien claro Jesús: “¡No he venido a llamar a los justos, sino a
los pecadores!” Esta frase manifiesta la infinita misericordia de
Dios, que llama al hombre no en virtud de sus méritos, sino por pura
bondad, y que no desea que se quede prisionero de su pasado; siempre
quiere proponerle un futuro, cualesquiera que sean sus equivocaciones.
Pero “este texto tiene también por objeto hacer comprender que el
medio más eficaz para salir del pecado y de la miseria, no es el de
culpabilizarnos o afligirnos: es el de abrirnos a las llamadas que
Dios no deja de dirigirnos hoy, cualquiera que sea nuestra
situación... Sin esas llamadas, el hombre permanecería encerrado en
los límites de su psiquismo, de sus imaginaciones, de sus impulsos y
de sus fantasmas... entre la representación psíquica que hacemos de la
realidad, y lo que esta realidad es en su verdad y en su belleza
profunda, puede haber una importante distorsión. No es lo real lo que
nos aprisiona, son nuestras representaciones. Así mismo, la
interpretación y el peso de nuestras emociones no siempre están en
proporción con la realidad de las cosas. Unas realidades de
importancia capital pueden dejarnos emocionalmente indiferentes,
mientras que cosas de escasa importancia tienen en ocasiones una
desmesurada resonancia afectiva en nosotros”, y así la imagen que
tenemos de la felicidad, “la representación psíquica de lo que creemos
capaz de hacernos felices, no suele tener más que una lejana relación
con la felicidad efectiva, y realmente no puede colmarnos.” Las cosas
que pensamos ahora “tienen una parte de verdad, y eso hay que tomarlo
en cuenta, pero son limitadas y a veces engañosas. Han de convertirse
permanentemente para abrirse a la riqueza de lo real que Dios nos
propone, que es más vasto y más fecundo que cualquier elaboración
psíquica”. Tendemos a sugestionarnos por la última cosa que nos ha
influenciado pero que no es la más importante, necesitamos un tiempo
para situarla en el contexto de lo real, y “esta apertura a la
auténtica realidad no se produce sin dolores ni renuncias, sin luchas
ni agonías. Es trabajo que se ha de reemprender siempre, jamás acaba
aquí abajo, y permite acceder a una vida cada vez más rica y
abundante". Es trabajo, además, que nos abre a una perspectiva
esperanzada: lo mejor siempre está por llegar…
Llucià Pou Sabaté

24 Marzo 2009

Genghis Khan, rey mongol, cuando descansaba de sus guerras, salió a
cabalgar por los bosques con halcones para cazar, y al ser un día
caluroso, tenía sed cuando vio agua goteando de una roca. Tomó un
tazón de barro para llenarlo y ya se disponía a beber cuando oyó un
silbido y sintió que le arrebataban el tazón de las manos. El agua se
derramó. Era su halcón preferido, que ahora estaba arriba, en la roca
de donde bajaba agua. Intentó volver a llenar el tazón y se repitió la
escena. El rey desenvainó la espada mientras ponía el tazón en el
hilillo de agua: “Amigo halcón, esta es la última vez”. Cuando el
halcón bajó y le arrebató el tazón de la mano, con una rápida estocada
hirió al ave, que cayó sangrando a sus pies. “¡Ahora tienes lo que te
mereces!”, dijo. Y al ver que su tazón al caer se había roto, decidió
trepar por la roca de donde goteaba el agua, para beber directamente
allí. Había un charco con mucho agua, pero ¿qué había en el charco?
Una enorme serpiente muerta, de la especie más venenosa. El rey se
detuvo. Olvidó la sed. Pensó sólo en el pobre halcón: “¡me salvó la
vida! ¿Y cómo le pagué? ¡Era mi mejor amigo y lo he herido!”. Bajó la
cuesta, tomó suavemente al pájaro y lo llevó a palacio para cuidarlo,
diciéndose: “Hoy he aprendido una lección, y es que nunca se debe
actuar impulsado por la furia”.
Al final de la escapada (1959) es un film de Jean-Luc Godard, una de
las obras más emblemáticas de la Nouvelle Vague y del propio Godard;
J. M. Caparrós señala: “cuenta la historia de un marginado de la
sociedad moderna, amante del cine negro ame¬ricano, que encarna la
constante principal de este autor: la liberación como meta, en una
existencia sin orden, reglas ni sentido aparente. El protagonista es
un joven parisino a la deriva, Michel (Jean-Paul Belmondo), que sería
trai¬cionado por su amante, Patricia (Jean Seberg), para demostrarse a
sí misma que no le amaba”, llama a la policía quizá también por
cumplir las leyes, por hacer lo que creía justo, o por dejarse influir
por las palabras del policía... Soberbia la escena cuando ella, ya
tarde, ve que en realidad sí que lo amaba.
En medio de un "egocéntrico conformismo" que lleva a los protagonistas
a la deriva, como muchos desmotivados de hoy, y de ahí su actualidad,
se bebe –es la provoca¬ción del film- un atroz pesimismo, náusea ante
la vida y las relaciones humanas, la traición, la insensatez de
cualquier alternativa, la inutilidad de todo esfuerzo, un repudio del
mundo en forma de náusea y de¬sesperación, comenta Román Gubern. Como
le dice Michel a Patricia en el film, entre la pena y la nada, elige
la nada. Entonces como ahora, se ve la “soledad de unos seres
temerosos de comuni¬carse sus verda¬deros sen¬timientos, logrando
reproducir cierto ritmo jadeante y an¬gustioso, propio de nuestro
tiempo, con una fidelidad que la elevó a la categoría de testimo¬nio”
(José Luis Guarner).
Pienso que en la era moderna la percepción de la realidad ha sido
elevada a la categoría de verdad, y es falso: la verdad no puede ser
abarcada por una percepción única, tiene muchos matices y nunca se
“pillan” por entero, está abierta a sucesivas aproximaciones y nuestro
conocimiento se tiñe de emociones, influido por lo último que nos pasa
y vemos según el color de cada momento. Pero esto no significa que no
haya verdad, sino que no la alcanzamos nunca por entero. De ahí el
pecado de impaciencia, de dejarse llevar por una percepción momentánea
y romper una amistad, discutir hasta la violencia, empecinamientos
diversos que se deben a una percepción parcial que queda fosilizada
como una foto y que se quiere hacer pasar por la realidad del otro.
Los fundamentalismos van por ahí, y también se aplica a las
enemistades con las personas. Como ocurre en el caso contrario: como
la conciencia tiene “fallos”, uno se somete a otra persona o a reglas
religiosas o sociales –formas de puritanismo, sustitución de la
conciencia personal por una colectiva. Cuando hay armonía en el acto
de abrirse al amor incondicionado de Dios y buscar también un “norte”
en el amor a los demás, es cuando se puede vivir en paz, fruto de la
lucha en ese amor que busca la verdad y esa verdad que es fruto del
amor.
Llucià Pou Sabaté

7 Marzo 2009

Perdonar y no olvidar
¿Hay que olvidar las ofensas que nos hacen, o no? Sí, en el sentido de
no guardar rencor, primero porque es perjudicial para uno mismo, y
segundo porque el perdón es transformar la ofensa en compasión. Sin
embargo, no podemos olvidar haciendo desaparecer de la memoria
aquello. Además, no olvidar es creativo... y la memoria constituye
nuestra identidad… y cada recuerdo es un escalón más hacia la madurez.
Perdonar es superar la ofensa y poder recordar sin rencor. El perdón
no requiere olvido. Además, no se puede controlar la memoria con la
inteligencia, es una facultad espiritual distinta que obra
independientemente de nuestra voluntad y de la inteligencia. La prueba
es que, de hecho, a veces uno quisiera recordar algo y no puede; y
otras veces desearía olvidar ciertas cosas y no lo logra. Se trata,
como hemos dicho, de recordar un suceso sin faltar al amor: al
recordar lo que nos dolió, recordemos al mismo tiempo cómo Jesús
reacciona ante las ofensas, y oremos con él como en la cruz.
Además, hay que procurar establecer puentes mientras hay vida –que no
la tendremos siempre: lo trágico es que, en el trance final antes de
la muerte, haya enemistades pendientes. Es mejor que aquí y ahora
hagamos las paces, pues no sabemos si luego habrá una ocasión de
perdonar… En cualquier caso, hay que amar ahora que hay tiempo, la
muerte nos podría quitar esa oportunidad. Recordar la ofensa puede
convertirse en crecimiento interior para el ofendido: es humildad que
cura la soberbia, caridad que elimina toda envidia... y se deja de
sentir dolor. Si perdono vivo feliz y, si recuerdo, el recuerdo no me
duele, no me afecta porque pude perdonar y los recuerdos vienen a mi
memoria sin dolor, sin perturbación, sin sufrir el desgaste interior
propio de quien guarda un doloroso rencor. “Perdonar no sólo tiene
como beneficio el crecimiento interior, sino que también trae consigo
una gran paz en quien lo practica. Perdonar es un ejercicio de las
virtudes, porque para perdonar se necesita de caridad, humildad,
paciencia, prudencia, fortaleza, amor… Perdonar es la manifestación de
un corazón puro como consecuencia de una vida virtuosa. El perdón es
una decisión, no un sentimiento, porque cuando perdonamos no sentimos
más la ofensa, no sentimos más rencor. Perdona, que perdonando tendrás
en paz tu alma y la tendrá el que te ofendió” (Madre Teresa de
Calcuta). Cuando perdonamos, reconocemos el valor intrínseco de la
otra persona (elperdoncatolico.com). Al perdonar te liberas a ti mismo
y, si después de perdonar a una persona quieres seguir tratándola,
pues adelante! Si, por el contrario, prefieres que sea un trato más
alejado, ¡pues también! La gracia está en no estar amargado, ni desear
el mal a esa persona. Se trata de amarla… (Dr. Bernie Siegel).
Olvidar es un método erróneo de conseguir paz de espíritu. Cuando se
hace bien, es como la amnesia. Lo que ocurre es que, lo que olvidamos,
no necesariamente desaparece. Si entierras algo en el patio trasero,
lo único que consigues es que no se vea. Las cosas que olvidamos
quedan enterradas bajo el consciente, pero viven bajo la superficie y
se manifiestan en nuestros sentimientos y actividades. Aparecen en los
sueños y en los dibujos que hacemos y siguen formando parte de
nuestras vidas.
El perdón conlleva dar amor. Es una manera de decir: «Voy a prescindir
de tus malas acciones, no voy a amargarme y voy a seguir queriéndote
de todos modos». Me dijo un amigo, cuando le pedí perdón por una cosa
de hacía mucho tiempo, por una injusticia en la que veía que yo
también fallé: “¿te das cuenta de que acabas de cambiar la historia?”
Me hizo pensar, es como un volver a escribir aquello de una forma
mejor. Recuerda que el perdón no sólo tiene que darse en la relación
con los demás sino también en la relación con uno mismo. Además, “a
perdonar sólo se aprende en la vida cuando a nuestra vez hemos
necesitado que nos perdonen mucho” (Jacinto Benavente). Menos mal que
“Dios me perdonará, es su oficio” (Heinrich Heine).
Llucià Pou Sabaté

3 Marzo 2009

Perdonar y no olvidar

¿Hay que olvidar las ofensas que nos hacen, o no? Sí, en el sentido de
no  guardar rencor, primero porque es perjudicial para uno mismo, y
segundo porque el perdón es transformar la ofensa en compasión. Sin
embargo,  no podemos olvidar haciendo desaparecer de la memoria
aquello. Además, no olvidar es creativo... y la memoria constituye
nuestra identidad… y cada recuerdo es un escalón más hacia la madurez.
Perdonar es superar la ofensa y poder recordar sin rencor. El perdón
no requiere olvido. Además, no se puede controlar la memoria con la
inteligencia, es una facultad espiritual distinta que obra
independientemente de nuestra voluntad y de la inteligencia. La prueba
es que, de hecho, a veces uno quisiera recordar algo y no puede; y
otras veces desearía olvidar ciertas cosas y no lo logra. Se trata,
como hemos dicho, de recordar un suceso sin faltar al amor: al
recordar lo que nos dolió, recordemos al mismo tiempo cómo Jesús
reacciona ante las ofensas, y oremos con él como en la cruz.

Además, hay que procurar establecer puentes mientras hay vida –que no
la tendremos siempre: lo trágico es que, en el trance final antes de
la muerte, haya enemistades pendientes. Es mejor que aquí y ahora
hagamos las paces, pues no sabemos si luego habrá una ocasión de
perdonar… En cualquier caso, hay que amar ahora que hay tiempo, la
muerte nos podría quitar esa oportunidad.

Recordar la ofensa puede convertirse en crecimiento interior para el
ofendido: es humildad que cura la soberbia, caridad que elimina toda
envidia... y se deja de sentir dolor. Si perdono vivo feliz y, si
recuerdo, el recuerdo no me duele, no me afecta porque pude perdonar y
los recuerdos vienen a mi memoria sin dolor, sin perturbación, sin
sufrir el desgaste interior propio de quien guarda un doloroso rencor.
“Perdonar no sólo tiene como beneficio el crecimiento interior, sino
que también trae consigo una gran paz en quien lo practica. Perdonar
es un ejercicio de las virtudes, porque para perdonar se necesita de
caridad, humildad, paciencia, prudencia, fortaleza, amor… Perdonar es
la manifestación de un corazón puro como consecuencia de una vida
virtuosa. El perdón es una decisión, no un sentimiento, porque cuando
perdonamos no sentimos más la ofensa, no sentimos más rencor. Perdona,
que perdonando tendrás en paz tu alma y la tendrá el que te ofendió”
(Madre Teresa de Calcuta). Cuando perdonamos, reconocemos el valor
intrínseco de la otra persona (elperdoncatolico.com). Al perdonar te
liberas a ti mismo y, si después de perdonar a una persona quieres
seguir tratándola, pues adelante! Si,  por el contrario, prefieres que
sea un trato más alejado, ¡pues también! La gracia está en no estar
amargado, ni desear el mal a esa persona. Se trata de amarla… (Dr.
Bernie  Siegel).

Olvidar es un método erróneo de conseguir paz de espíritu. Cuando se
hace bien, es como la amnesia. Lo que ocurre es que, lo que olvidamos,
no necesariamente desaparece. Si entierras algo en el patio trasero,
lo único que consigues es que no se vea. Las cosas que olvidamos
quedan enterradas bajo el consciente, pero viven bajo la superficie y
se manifiestan en nuestros sentimientos y actividades. Aparecen en los
sueños y en los dibujos que hacemos y siguen formando parte de
nuestras vidas.

El perdón conlleva dar amor. Es una manera de decir: «Voy a prescindir
de tus malas acciones, no voy a amargarme y voy a seguir queriéndote
de todos modos». Me dijo un amigo, cuando le pedí perdón por una cosa
de hacía mucho tiempo, por una injusticia en la que veía que yo
también fallé: “¿te das cuenta de que acabas de cambiar la historia?”
Me hizo pensar, es como un volver a escribir aquello de una forma
mejor. Recuerda que el perdón no sólo tiene que darse en la relación
con los demás sino también en la relación con uno mismo. Además, “a
perdonar sólo se aprende en la vida cuando a nuestra vez hemos
necesitado que nos perdonen mucho” (Jacinto Benavente). Menos mal que
“Dios me perdonará, es su oficio” (Heinrich Heine).

Llucià Pou Sabaté

27 Febrero 2009

perdonar y olvidar

27 feb 09

Perdonar y olvidar
Con frecuencia oímos decir: “Perdono, pero no olvido”. Quien esto
dice, en realidad no perdona, porque guarda rencor. De ahí que se diga
que no se perdona de verdad cuando, en el fondo, no se está dispuesto
a olvidar. Perdonar, ¿es olvidar? ¿Producen ambos el mismo efecto? Se
trata de una cuestión de gran importancia, pues el perdón es esencial
para una vida feliz y equilibrada: “El que es incapaz de perdonar es
incapaz de amar” (Martin Luther King). Me parece que hay que
distinguir “olvidar”, cuando quiere decir “resentimiento”, y “olvidar”
como “desaparecer de la memoria”. Me referiré al primer sentido: hay
que olvidar; “no escatimes el perdón: es imposible caminar con tantas
heriditas abiertas… perdona todas las viejas heridas y cicatriza con
resinas de amor” (Zenaida Bacardí de Argamasilla). Es no querer mal,
no hay otro camino. “Perdón es una palabra que no es nada, pero que
lleva dentro semillas de milagros” (Alejandro Casona), semillas
sembradas en nuestros corazones por el mismo Jesús, que se alimentan
incluso de las ofensas, sí: cada ofensa recibida es una oportunidad de
mejorar nuestra capacidad de perdonar, porque, en lugar de generar
resentimientos, es abono para esa cosa divina llamada perdón. El
paraíso está detrás de la puerta, se dice, pero muchos han perdido la
llave, una llave que se llama misericordia… Todos estamos necesitados
de amor, de atención, así como de poder dar nuestro amor a los demás.
Por eso siempre hay que pedir perdón: por las ocasiones perdidas, por
la plenitud no vivida de cada relación, por las palabras no
pronunciadas.
Cuenta una leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto. En
un determinado punto del viaje discutieron, y uno le dio una bofetada
al otro. Éste, profundamente ofendido, sin decir nada, escribió en la
arena: –Hoy, mi mejor amigo me ha pegado una bofetada en la cara.
Siguieron adelante y divisaron un oasis. Torturados por la sed, ambos
echaron a correr y el primero que llegó se tiró al agua de bruces sin
pensarlo y, de pronto, comenzó a ahogarse. El otro amigo se tiró al
agua enseguida para salvarlo. Al recuperarse, tomó un cuchillo y
escribió en una piedra: –Hoy, mi mejor amigo me ha salvado la vida.
Intrigado, el amigo le preguntó: – ¿Por qué después de haberte hecho
daño, escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?
Sonriendo, el otro le respondió: – Cuando un gran amigo nos ofende,
debemos escribir en la arena, porque el viento del olvido se lo lleva;
en cambio, cuando nos pase algo grandioso, debemos grabarlo en la
piedra de la memoria del corazón, donde ningún viento en todo el mundo
podrá borrarlo.
El error de muchos es pensar que el perdón debe surgir de sus
corazones, que es algo que debemos sentir, que debe “nacernos”, en
cierto modo. Pero “el perdón es una decisión, no un sentimiento,
porque cuando perdonamos no sentimos más la ofensa, no sentimos más
rencor. Perdona, que perdonando tendrás en paz tu alma y la tendrá el
que te ofendió” (Madre Teresa de Calcuta). El perdón es lo mejor, no
sólo individualmente sino también para cada una de nuestras sociedades
y para el mundo en general: “La espiral de la violencia sólo la frena
el milagro del perdón” (Juan Pablo II). En cierto modo, todos somos
co-responsables de las acciones y omisiones de cada uno, y es la
gotita de cada día la que crea la revolución del amor: “Lo mejor que
puedes dar a tu enemigo es el perdón; a un oponente, tolerancia; a un
hijo, un buen ejemplo; a tu padre, deferencia; a tu madre, una
conducta de la cual se enorgullezca; a ti mismo, respeto; a todos los
hombres, caridad” (John Balfour). Cuando alguien es perdonado se
convierte en una persona distinta, aunque tarde en reaccionar: “Nada
envalentona tanto al pecador como el perdón” (William Shakespeare). El
motivo es que se siente querido, y valorado en mucho, porque las
personas siempre están por encima de sus errores (Jutta Burggraf). Y
al crecer la conciencia de su valía se porta en consecuencia, se porta
mejor. Por otra parte, crece también el que perdona, pues “nada nos
asemeja tanto a Dios como estar siempre dispuestos a perdonar” (San
Juan Crisóstomo).
Llucià Pou Sabaté

14 Febrero 2009

Tierra sagrada

14 feb 09

En la tierra todo está marcado con su fecha de caducidad, tiene un fin, nuestro deseo instintivo de vivir para siempre reclama algo más allá de lo visible. "El hombre no puede vivir sin arrodillarse, dice Dostoievski... si rechaza a Dios, se arrodilla ante un ídolo de madera, de oro o simplemente imaginario... todos esos son idólatras, no ateos; idólatras es el nombre que les cuadra".
Llucià Pou Sabaté

Por eso, a veces, nos encontramos con el infierno de Dante: "En medio del camino de mi vida, me encuentro en un bosque de oscuridad". Es la experiencia a la vez terrible y gozosa de encontrarse solo, solo ante el mundo, solo ante Dios. H. Nowen, en Tres etapas en la vida espiritual, un proceso de búsqueda habla de ese camino interior: "En medio de la vida turbulenta, a menudo caótica, se nos exige, en una primera etapa, calar, con honradez y labor, en ese nuestro ser íntimo. Al mismo tiempo, con enorme cuidado, en nuestro prójimo y, con una oración cada vez más profunda, en Dios". La sociedad contemporánea en la que nos encontramos siente agudamente en sus carnes la soledad amarga. La gente habla, pero no de sus cosas íntimas, está incomunicada. Se cae en las formas de evasión de la realidad, en la intimidad expuesta y a la venta en los puestos de los charlatanes.
Hoy necesitamos apertura, poder decir a otra persona: "Me gustaría verte", usar el lenguaje sencillo de pedir ayuda, de hablar, desvelar el deseo de estar cerca de un amigo y de ser receptivos, y curar las heridas de soledad. Necesitamos soledad, pero soledad creativa y fecunda, diálogo interior, la paz con nosotros mismos. A veces encontramos y oímos que una persona excepcional nos dice: "No corras. Quédate tranquilo y en silencio. Escucha atentamente tu propia lucha. La respuesta a tu pregunta está oculta en tu propio corazón". Recuerdo cuando vivía yo en Roma que un mendigo al verme correr por las calles me dijo: "¿por qué vas tan deprisa? No hace falta correr... Tómate la vida con más calma." A veces cuesta entrar en nuestra verdad interior, y nos duele enfrentarnos a nosotros mismos. Llamamos por teléfono, hablamos de aquella experiencia o de aquella corrección que nos han hecho, y que no aceptamos; de un consejo que nos han dado, que nos exige, y nos sale el banalizar aquello, al hablarlo con otra persona, ponerle un tono a la voz que le quite hierro al asunto, aligerarlo con la excusa de otra opinión fácil.
Thomas Merton escribía en su diario: "en la profunda soledad es donde he encontrado el sentido profundo del amor que les debo a mis hermanos. Cuando más solitario estoy, más los amo. Se trata del afecto puro y del respeto por la soledad de los demás". Podemos decir: gracias, Señor, porque soy un hombre más entre los hombres, participo en el glorioso destino de la raza humana, de sus grandezas y sus grandes burradas.
La soledad del corazón y la intimidad de la amistad dan solidez al carácter, madurez. Sin dependencias ni sentimentalismo, se vive mejor el misterio del amor que crea un espacio libre donde convertir la soledad angustiosa en vidas compartidas. Se vive el respeto mutuo. Contaba Nowen de un amigo que lo visitó diciendo: "en este momento no tengo problemas, ninguna pregunta que hacer. No necesito consejo ni orientación alguna. Sencillamente quiero pasar un rato de charla distendida contigo". Su amigo lo atendió con franqueza: "nos sentamos, nos quedamos callados, oímos ruidos exteriores de la calle en medio de un silencio cálido y lleno de vibraciones, con miradas y sonrisas que alejaban restos de miedos y sospechas, luego él dijo: ‘da gusto estar aquí'. Y yo le comenté: ‘sí, es maravilloso encontrarnos juntos de nuevo'. Y luego, seguimos en silencio durante un buen rato. Y a medida que los vínculos de la paz se iban haciendo más fuertes entre los dos, él dijo con un tono inseguro: ‘Cuando te miro, es como si estuviera en presencia de Cristo'.
No me sentía extrañado, sorprendido, obligado a protestar. Me limité a responderle: ‘Y es el Cristo que hay que en ti el que reconoce al Cristo que hay en mí'.
Sí -continuó-. Él está en medio de nosotros -y luego dijo unas palabras, que penetraron en mi alma, y que han sido las más importantes que a mí se me han dicho jamás y que han contribuido a sanar mis heridas durante años-. ‘De ahora en adelante, vayas donde vayas, y vaya donde vaya, toda la tierra que nos separe será tierra sagrada'. Cuando me dejó, sentí que me había revelado lo que realmente significa la palabra comunidad".
En muchas ocasiones sentimos que la presencia de los demás nos lleva a algo más alto. Ya no importa tener la presencia de las personas, porque la llevamos con nosotros, en una imagen que nos lleva más allá de las mismas personas a las que queremos: "cuando te alejes de tu amigo, no lo lamentes. Porque lo que amas más en él puede hacerse mucho más evidente, brillante en su ausencia, lo mismo que la montaña para el escalador es más visible desde la llanura" (The Prophet). Hay una unión misteriosa entre las personas que crea un espacio para la presencia del Señor: "donde estéis dos o tres de vosotros reunidos en mi nombre, ahí estoy Yo", en un espacio espiritual de comunión, tierra sagrada.